Ética de tolerancia ante cultura del odio

Mario Orozco Guzmán

Fac. de Psicología, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo

Ponencia presentada en el Primer Congreso Internacional de Transformación Educativa

En 1932 Freud cierra su relevante intercambio reflexivo con Einstein acerca de los efectos devastadores de la guerra con la sentencia: “todo lo que promueva el desarrollo de la cultura trabaja también contra la guerra” (Freud, 1932/2000, p. 198). Como si no hubiera o no pudiera haber una cultura de la guerra, una cultura a favor de la guerra, una cultura bélica propiamente. Einstein había instado a Freud, en ese momento, a proponer métodos educativos al margen de cuestiones políticas que pudieran superar una especie de voluntad maligna que se entusiasma con la muerte del otro. Freud le hace saber que la apetencia por destruir, la apetencia por el mal, puede tomar algunos ideales como pretexto para ponerse en obra. Einstein le había señalado que en toda nación existen grupos de poder, diríamos también grupos estrechamente vinculados con el poder, grupos que ven en la guerra, en la violencia, en el mal su propio bien, su propio beneficio. Dichos grupos encontrarían “en la fabricación de armamentos, nada más ocasión para favorecer sus intereses particulares y extender su autoridad personal” (Einstein, 1932/2000, p. 185). En ese sentido, la violencia beneficia sus “aspiraciones puramente mercenarias, económicas” (p. 184). Esta camarilla de mercenarios se impone y gana con las pérdidas que produce inevitablemente la guerra, perdidas principalmente humanas. Sus ganancias radican en el mal que contribuyen a cultivar y expandir.

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Estos mercenarios han encontrado en la “psicosis de odio”, afirma Einstein (p. 185), la cual se solaza en la violencia y la guerra, la mejor capitalización de su negocio de la fabricación y venta de armas. Einstein acude a Freud porque apela a que se esclarezca en última instancia el problema de la paz mundial curiosamente desde la subjetividad, a partir del descubrimiento de las apetencias de odio que la clínica freudiana ha develado en los fantasmas de los neuróticos. Apetencias que hacen que incluso la “intelectualidad” sea la más susceptible al llamado imperioso de la destrucción. Porque parece que es la que más podría encontrar razones, verdaderos argumentos, para la ejecución, incluso sistemática, de mal. La clase letrada al servicio del poder dominante es también la que llego a imponer la necesidad institucional de hacer entrar la razón, la letra, el entendimiento con sangre, con violencia. No olvidemos que el marques de Sade, como dice Simone de Beauvoir (1974), tomo partido por los privilegiados, aunque abominara de su arrogancia. Los privilegiados, por su parte, consiguen en muchas ocasiones tomar el partido del sadismo. Fanon (2011) lo podría ilustrar cuando nos indica que la postura del colonizador es abrumadoramente maniquea cuando trata al colonizado bajo un discurso despectivo, bajo “un lenguaje zoológico”. Se alude a los movimientos de reptil del amarillo, a las emanaciones de la ciudad indígena, a las hordas, a la peste, el pulular, el hormigueo, las gesticulaciones (p. 37). La abyección y degradación del otro son una prerrogativa que suministra un disfrute muy propio. Se ratifica de este modo una posición de amo de tomando el partido del goce en función de la opresión y la angustia desaforada del otro aunque, como dice de Beauvoir: “no es la desdicha del prójimo lo que exalta al libertino, es saberse el autor de ella” (p. 112). Saberse autoridad personal por mínima que sea, y en posición de autor del mal del otro, exalta, engrandece, al libertino en que se convierte todo mercenario de la violencia, todo opresor privilegiado.

Freud (1932/2000) anticipa cuestiones éticas en el ejercicio de la violencia cuando establece que la oposición entre ésta y el derecho exige pensar en su anudamiento interno, en su articulación y enlace: “Se yerra en la cuenta si no se considera que el derecho fue en su origen violencia bruta y que todavía no puede prescindir de apoyarse en la violencia” (p. 192). Derechos erigidos después de intensas luchas fratricidas y violencias que se ejercen en función de supuestos derechos. Violencias que abonan y surcan el terreno de las intolerancias. No hay cultura de odio que no se correlacione con posturas de intolerancia. Freud había señalado que el narcisismo se afanaba en su propia preservación tomando las divergencias como críticas intolerantes y mostrando verdaderamente “una gran sensibilidad a estas particularidades de la diferenciación” (Freud, 1921/2000, p. 97). Dicha hipersensibilidad lo predispone al odio y a la agresividad. Odio y agresividad respecto al extraño, al diferente, al que no concuerda conmigo y que más bien sostiene un rasgo que suscita una aversión insuperable. Ya Pascal (1984) había localizado esta postura dual, paradójica, paradójicamente pasional del yo en su intenso amor propio: “el yo tiene dos cualidades: es injusto en sí, porque se hace centro de todo; es molesto a los demás, porque los quiere reducir a la servidumbre: porque cada yo es el enemigo y quisiera ser el tirano de los demás” (1984, p. 71). El yo tiraniza a su alter ego allí donde éste porta, sustenta un rasgo que encaja bien en este “narcisismo de las pequeñas diferencias” (Freud, 1929-30/2000, p. 111). El cual aparece como eje y factor de segregación y exclusión; aunque también como incitación al dominio y la destrucción. Escenas de la intolerancia hacia el otro en tanto presencia del rasgo, de la pequeña diferencia, que vale por todo, las encontramos en actos de violencia que aparecen de manera frecuente en las instituciones y fuera de ellas.

Sin embargo, cabe destacar una de las intolerancias más longevas o legendarias respecto a las diferencias. La que concierne a las diferencias entre hombres y mujeres. Una mujer me ha dicho lo mucho que le molesta a su pareja el hecho de que ella “se mande sola”, que no le pida permiso para emprender cosas por su cuenta. Lo cual me hizo evocar un estudio reciente publicado en el diario La Jornada por el periodista Emir Olivares Alonso, el día 1º de agosto de 2013. La nota del periódico da cuenta de una investigación realizada por Eréndira Pocoroba Villegas del posgrado de la facultad de Psicología de la UNAM, donde se presentan datos que indican que es la mujer quien más sufre violencia por parte de su pareja durante las relaciones de noviazgo. Se presenta un extracto de dicho estudio: “Los hombres suponen que la mujer con la que han establecido un noviazgo es de su propiedad y controlan el uso de su cuerpo, mediante la regulación de su vestimenta: su escote, el largo de la falda o de su cabello”. Suposición que nos remite a la época en que la violación era concebida como un crimen contra la propiedad. En Francia, desde la Edad Media hasta el siglo XVIII, como lo señala Sara F. Matthews-Grieco (2005), la violación se consideraba precisamente como un crimen contra la propiedad. El primero de los Derechos Humanos que se declaran hacia fines del siglo XVIII propone bajo la mirada del código revolucionario, como lo recuerda Vigarello “la pertenencia invencible a uno mismo, la plena disposición de la propia persona” (p. 136). Ya no es asunto de expropiación a otro, en tanto lugar de autoridad personal, de un bien. Sin embargo, para Galimberti (2006) los celos, en principio ligados más a la necesidad de garantizar la supervivencia de los hijos realmente propios que al amor, revelan que el hombre siempre ha considerado “el cuerpo de la mujer como su propiedad” (p. 35). A tal grado lo ha considerado de su propiedad que, como lo plantea Engels (1884/1976): “Para asegurar la fidelidad de la mujer y, por consiguiente la paternidad de los hijos, aquélla es entregada sin reservas al poder del hombre; cuando éste la mata, no hace más que ejercer un derecho” (p. 247).

Es decir, aparece el feminicidio como sello funesto de garantía de la fidelidad de la mujer, como supuesto ejercicio de un derecho. Situación sin salida de las mujeres que es plasmada por el fotógrafo norteamericano Paul T. Owen, en una nota de la periodista Zayin Dáleth Villavicencio aparecida en La Jornada del 17 de julio; donde para este artista “por el simple hecho de ser mujeres” son víctimas de una muerte violenta. Las mujeres aparecen, en esta muestra de 60 fotografías, en posturas de indefensión y desvalimiento ante la cámara, escabullendo el rostro, ocultándolo con sus manos. El fotógrafo expresa sus motivaciones: “Quería también a esas mujeres en esas posturas, porque ellas mismas se están escondiendo de algo, se están tapando la cara. Entonces las instrucciones eran muy simples, que no podía abandonar la cámara pero tenían que esconderse de la misma, ante un muro del cual no había escapatoria porque muchas mujeres realmente no tiene escapatoria, pues quienes las violentan son sus propios maridos y sus familias”. Reiteración y recreación artística, de un gesto que gestando el miedo lo sacude bajo el imperativo del ocultamiento y la evasión: “El miedo de la violencia recuerda miedos originales de estar sin defensa ante el Otro, tomado por él como objeto de goce o de otra cosa” (Sibony, 1998, p. 71). El rostro que se esconde se correlaciona con ese otro fuera de escena que disfruta, que goza de su poder, que se solaza en tener cautiva a esta mujer. Que se complace sádicamente con su angustia de impasse. Esconder el rostro, la mirada aterrada, es una manera de escamotearle al amo su objeto como prenda y causa de goce.

Volviendo a la correspondencia con Einstein, Freud también habría podido decirle que la violencia puede tomar como texto algunos ideales como los de la paz, el amor, la libertad, para legitimarse. En nombre de un majestuoso y portentoso bien parece justificarse y hasta exaltarse la violencia. En nombre de una purificación racial, identificando el rasgo del mal en el otro, rasgo del intolerable mal, se posiciona por ejemplo Rudolf Höss, el feroz genocida de Auschwitz, concibiendo al judío como “personificación del mal, perverso entre los perversos, según la clasificación de Höss, el judío seria responsable del odio que suscita y, en consecuencia, de la necesidad de su propia muerte” (Roudinesco, 2009, p.168-169). La lógica demoledora del poder impone que la víctima, portadora del mal, se haya buscado su propio mal, su propia muerte. Así como en los casos de violación la primera sospechosa era la víctima, provocadora virtual de su desgracia, ahora tenemos que muchas víctimas se buscarían su propia desgracia en tanto resultan sospechosas de tener vínculos con el mal, con el mal identificado preferentemente con la figura del crimen organizado. Es decir, si la voluntad de destruir es algo que se puede idealizar entonces vemos desplegarse el campo de una cultura del odio. La cual, como dice Michel Wieviorka (2005) en su libro La violence, “se desenvuelve en la familia, en la educación, en profundidad, y acostumbra a los futuros actores a la reificación o a la animalización del enemigo, a su deshumanización, a su descalificación” (p. 275). La violencia, como lo advertía Sartre (2011) en su introducción al libro de Franz Fanon, es un fenómeno que se interioriza, que penetra y habita diversos rincones de la subjetividad y los vínculos en los diferentes ordenes de la realidad social.

La cultura del odio facilita y hasta legitima la violencia por la violencia. Wieviorka propuso cinco figuras de la violencia en relación a la subjetividad implicada en sus avatares demoledores: el sujeto flotante, el hiper-sujeto, el no-sujeto, el anti-sujeto y el sujeto en supervivencia. El sujeto flotante parece no tener otro recurso que la violencia para hacerse reconocer. Incluso para hacerse respetar. Encuentra en la violencia su mal necesario, una maldad que le permite validar su existencia. Lo cual nos lleva a lo que Lacan, en su Lección del 10 de marzo de 1965 en el seminario Problemas cruciales para el psicoanálisis, plantea acerca de que en lo que se refiere al bien y el mal no podemos decir que se trate de un asunto de frontera sino de “nudo interno” (p. 205). Es el despliegue del lenguaje lo que haría surgir el anudamiento del mal por el bien y viceversa. En el hiper-sujeto localizamos la ardua justificación de la violencia. La ideología en ese aspecto, como lo decimos en otro lugar (Orozco y Quiroz, 2013), por ejemplo la que exacerba el sentido de la propiedad, brinda el andamiaje indispensable para sentirse bien con la ejecución del mal. El no-sujeto desempeña su violencia bajo el esquema irresponsable y abyecto de la sumisión a la autoridad. El mal que se pone en juego se anuda con el bien que resulta el hecho de complacer a un Otro en el papel de amo. Sólo se trata de cumplir ciegamente con el deber. Como lo recalca Sibony (1998): “la necesidad de complacer al otro - erigido en ídolo- puede inducir las peores violencias (aquí, el llamamiento al asesinato); las violencias idólatras. Es decir, narcisistas” (p. 27). El anti-sujeto por su parte, mediante lo atroz y brutal de su violencia “deniega a sus víctimas los derechos más elementales, las desubjetiviza” (Wieviorka, 2005, p. 298). El otro es denigrado o degradado a menudo de forma festiva antes, durante o después de su sangrienta ejecución. Reducido categóricamente o reducido a la categoría de cosa excrementicia o a la de animal repudiable la víctima suscita en esta antítesis de sujeto una exaltación gozosa del yo. Una exaltación propia de una posesión y posición sádicas. Lo cual nos conduce a lo que Foucault descubría, antes de la Revolución Francesa, en torno a la cercanía de dos personajes monstruosamente fuera de la ley: el monarca tiránico y el criminal: “la arbitrariedad del tirano es un ejemplo para los criminales posibles e incluso, en su ilegalidad fundamental, una licencia para el crimen“(p. 94). El déspota que gobierna impunemente, que confirma, en la persecución y liquidación de sus adversarios, el absolutismo de su yo, es el ideal criminal. No por nada el hábil político que nos presenta Kant (1986) en su obra La paz perpetua es un auténtico mercenario de la violencia. Sus máximas de actúa primero y después excúsate, la que se refiere a que si te equivocaste niega, debes negar que seas responsable y la que proclama como estrategia la de divide e impera, son emblemas de un ejercicio de la violencia que sirve de modelo, de referencia, para servirse y gozar impunemente de ella. La última figura de sujeto de la violencia que propone Wieviorka es la que se sustenta en la lucha de supervivencia. Es el sujeto o los sujetos arrinconados en una situación de vida o muerte, de defensa a ultranza de sí mismos y sus pueblos y sus seres queridos ante el Otro y su poder extenso. Son los grupos de aquellos que se levantan en armas como medida defensiva in extremis cuando el Estado claudica en su compromiso de ofrecer seguridad ciudadana y más bien puede alistar o contar con sus cuadrillas de mercenarios como tramposos vigías de la ley y el orden. Pero al servicio del crimen organizado. Para proteger los intereses del crimen organizado. No se requiere entonces remitirse necesariamente a un instinto original de carácter mortífero. Daniel Sibony (1998) dice que la violencia que se concibe como original siempre supone una relación con otro. Tiene que ver con las intimaciones e involucraciones con el otro. Dichas involucraciones llegan a ser devastadoras y de franca intolerancia desde luego. Todo relación con el otro basculando entre lo imaginario y lo simbólico virtualmente puede ser de choque o entendimiento, de ruptura o conflicto, de tensión agresiva o acuerdo y pacto: “En lugar de la violencia, la interpretación puede restablecer las condiciones de la palabra y la ley; por un deseo de superación que mantiene el juego” (Sibony, 1998, p. 86). Este deseo de rebasamiento de la violencia por la palabra hace de ley, funciona como ley, que la limita e inhibe. Allí es donde una palabra puede sostener el juego de acuerdos y conciliaciones, allí es donde “una respuesta amable ahuyenta la ira” (Joyce, 2006, p. 590).

Hay muchas experiencias que pudiendo significarse como violentas no se designan ni interpretan así, y entonces se soportan, y muchas que no siéndolo aparentemente pueden resultar comprendidas y representadas así por los seres humanos. ¿La cuestión está en cómo resistir al llamado del odio, a la exhortación al mal, cuando se le respalda y justifica ideológicamente? Sibony nos recuerda que la violencia hitleriana en realidad no apuntaba sino a “preservar el espacio vital, el narcisismo identitario de la nación, pero de antemano le había dado por lugar todo el planeta. Hitler no ha hecho sino defender su querida patria de la degradación progresiva a donde según él la conducían esos parásitos” (p. 42). La ideología de la propiedad, de la purificación identitaria y racial, lo reiteramos, es uno de los andamiajes más cruciales por su fuerza de certeza, de convicción casi delirante, que puede idealizar el ejercicio de la violencia: se trata de enfrentarse a muerte por lo que se considera un Bien propio. Por este Bien consagrado, idealizado, se esta dispuesto a consagrarse al mal. Entonces una posición ética, de discernimiento ético, parece más indispensable, para que haga oficio de cultura de solidaridad, tolerancia y lazo social, contra una cultura de la intolerancia narcisista y la exhortación destructiva de los vínculos. El Estado fue el primer paradigma de cultivo del odio en su despliegue ferviente de hacer de la intolerancia asunto de guerra y represión y persecución política. El Estado en su afán de poder absoluto hizo de la violencia el desenlace instrumental y estratégico de la intolerancia al conflicto. Persiguió y aniquiló a los que causaban conflicto para su compulsivo control social. Provocó en muchas familias este lastre atroz de todo ejercicio de violencia: el duelo imposible. Secuelas ominosas de desaparecidos, muertos sin sepultura ni rituales funerarios y sentimiento doloroso y traumatizante de impunidad. Modeló pues un ejercicio organizado y criminal de su poder. Modeló un ostensible desdoblamiento de la violencia que acumula terror al miedo. Instiló la necesidad impostergable de la migración y el desplazamiento. Instiló desconfianza y traición. De ahí este caudal de eventos traumáticos, esta cadena de angustia pánica difícilmente asistida por la denuncia y la revelación en nuestra experiencia de secuelas avasalladoras sobre la subjetividad por la violencia en nuestro país. Por eso la importancia en toda incentivación de una cultura de la paz de auténticos encuentros para crear condiciones de tolerancia y respeto a las diferencias. Las familias y las escuelas debe brindar herramientas éticas donde el otro aparezca y se defina bajo las mismas condiciones para ser reconocido, como yo, “como capacidad de construirse, como virtualidad, posibilidad de dominar su experiencia” (Wieviorka, 2005, p. 298) admitiendo y valorando las diferencias y apreciando las coincidencias. Una cultura del amor que se impulse como método educativo y anhelo ético no puede desconocer las ambivalencias en juego, las incidencias del odio que se atraviesa en sus distintas plasmaciones, pero se permite reconocerlas, simbolizarlas bajo la palabra y sublimarlas en los despliegues lúdicos y artísticos. En esa apuesta radica una esperanza, una esperanza de provisorios lazos sociales que anuden de distinto modo los vectores terroríficos de la violencia con los sectores elásticos del lenguaje y sus interpretaciones; las cuales son capaces de pacificar el alma de los que entran inevitablemente en los circuitos punitivos y vengativos de esta misma violencia.

Una reflexión final haría pensar que la violencia se desenvuelve ahí donde algunos de nuestros valores se llegan a presentar como absolutos y totales, sólidamente totalitarios en su demanda. Eso explicaría que la intolerancia tenga el espaciamiento necesario para explayarse. Lo radical de una postura ética colinda con la intolerancia ¿cuántos hombres no toleran ser rebasados cuando van en sus vehículos? La intolerancia se incrementa cuando quién los rebasa es una mujer. La intolerancia es mayor aún cuando ese rebasamiento se efectúa en otro contexto como la preparación profesional o la aportación económica. ¿Cuántos profesores toleran ser cuestionados por sus alumnos? ¿Cuánto odio no germina en el narcisismo de choferes, profesores, o cualquiera que hace de su oficio dominio de poder, la experiencia de verse rebasado por otro que considera inferior? ¿Cómo tolerar en la escuela a hace otro que hace diferencia porque posee rasgos como la obesidad, la preferencia sexual, la timidez, o cualquier otro atributo, que rompe con mi preciada unidad narcisista y me cuestiona en mis aires de grandeza y perfección?

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Mario Orozco Guzmán

Profesor- investigador de la universidad michoacana de san nicolas de hidalgo

Psicoanalista. Miembro de espacio analitico mexicano. Miembro de sistema nacional de investigadores nivel 1. Coordinador del cuerpo academico. Estudios de teoría y clinica psicoanalitica. Coautor de los libros recientes: estremecimientos de lo real, ensayos psicoanaliticos sobre cuerpo y violencia, editado por kanankil (2012) y configuraciones psicoanaliticas sobre espectros y fantasmas reeditado por plaza y valdes (2012).