La revolución educativa en la enseñanza superior

Deserción escolar y desierto educativo

La revolución educativa –particularmente en México– tiene que ver con el aprendizaje de la lectura, la escritura y la lógica de la matemática. Ésta que pareciera una provocación de reductio ad absurdum no lo es. Y el enunciado me parece válido para el primer año de primaria y el último año de la profesional, sobre todo en un país donde el menosprecio de la lectura, la escritura y las matemáticas nos hace ver como el burro de la clase, según la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO); la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE); el Informe Pisa, y otras instituciones internacionales que realizan evaluaciones educativas.

México ocupa los últimos lugares en cobertura escolar y en términos de lectura, ciencia y matemáticas; por contraste ocupa los primeros lugares, cuando no el primero, del anti-podium en desigualdad, violencia, criminalidad y corrupción.1

Como producto de estas condiciones, la deserción escolar se ha disparado en México, país que ocupa, según el informe de la OCDE, el primer lugar de los miembros de esta organización en el abandono de las aulas. En lo que hace a los estudios universitarios, el 38% no logra concluirlos, lo cual nos coloca al mismo nivel de Turquía.

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Sus cifras son más pesimistas en la versión de la Organización Mexicanos Primero. En su análisis señala que “de cada 100 alumnos inscritos en el primer año de primaria, sólo 64 la concluyen; 46 terminan la secundaria; 24 finalizarán el bachillerato en tiempo y forma; 10 ingresarán a la licenciatura, y sólo dos realizarán un posgrado.”2

Los jóvenes que prematuramente abandonan sus estudios formales, con toda probabilidad serán “captados por la vagancia, el trabajo derivado de la necesidad o el crimen”, según la Secretaría de Educación Pública. A tal conclusión llegó, al dar a conocer que en el periodo de agosto de 2012 a julio de 2013, un millón 47 mil 718 alumnos abandonaron las aulas antes de la conclusión del ciclo escolar correspondiente.

En un documento de la Secretaría de Seguridad Pública, considerado “de interés público”, se afirma que la deserción escolar coloca a los adolescentes en una situación de riesgo.3 Su autor, Fernando Basto, señala varios de esos posibles riesgos: consumo de tóxicos, conductas sexuales de riesgo, depresión-suicidio, accidentes, uso inadecuado de Internet, consumismo. A esos riesgos, si algo puede dejar la lectura de la prensa diaria o de una novela como La virgen de los sicarios de Fernando Vallejo, hay que agregar la incorporación a grupos delictivos y la comisión de delitos graves (secuestro, trata de personas,  tortura, homicidios y otros), así como la eventualidad de morir antes de dejar la adolescencia.4

A partir de esos análisis,  en enero de 2014 el pleno de la Comisión Permanente del Congreso de la Unión elaboró un dictamen para punto de acuerdo en el que se hace un llamado a la Secretaría de Educación Pública (SEP) y a las dependencias responsables en cada una de las entidades federativas a formular políticas públicas que disminuyan y mitiguen el problema.5 En su diagnóstico apuntó algunas de las causas de la deserción: “falta de recursos económicos, distancia de las escuelas en comunidades rurales, las  malas condiciones de las escuelas y el embarazo en las adolescentes.”

En un informe de la SEP se informa que  “más de un millón de alumnos que cursaban primaria, secundaria, bachillerato o alguna opción de nivel superior abandonara la escuela pública en el último ciclo escolar, le costó a México poco más de 34 mil 139 millones de pesos… Pero más allá del costo, alertan investigadores, lo que ocurre en el sistema educativo es ´un atentado al derecho a la educación´, que impactará en el desarrollo futuro del país.”6

 En el texto legislativo del punto de acuerdo se menciona la existencia de “una preocupante situación en el sistema educativo nacional ante el abandono diario de las aulas de cerca de cinco mil alumnos”.

Para evitar la deserción, la propia SEP ha anunciado el proyecto de cambiar el modelo educativo y establecer la Escuela de Excelencia.

Dado el grado superlativo de recepción y respuesta a los datos que obtuvieron las autoridades de la OCDE y de la organización Mexicanos Primero, el problema de la educación, tal lo asumen, es sumamente grave y debiera dar lugar a un gran debate nacional. Y no sólo dentro del perímetro escolar como lo insinúa la escuela de excelencia. La excelencia –un término prematuramente caduco por su condición de nonato en la práctica– es el resultado de la concurrencia de muy diversos factores ausentes en la sociedad mexicana: abatimiento de la desigualdad, la marginación, la opresión y la pobreza, y por tanto aumento de la calidad de vida de la fuerza de trabajo, infraestructura tecnológica, gasto social prioritario, cultura del debate y una verdadera reforma educativa que tome en cuenta las vías de la adquisición y comprensión de la realidad, la problematización de los contenidos de la enseñanza y su efectiva orientación humanista y crítica. 

¿De verdad queremos competir con los países capitalistas a los que llamamos desarrollados? Ellos compiten con toda su sociedad, todo su saber y todos sus recursos naturales, además de los militares de los que las potencias económicas constituyen un club pequeñito, blindado y excluyente. Nosotros no podemos competir con ellas en ninguno de esos rangos. Podríamos hacerlo en el del saber, pero el Estado lo limita por diversas vías, y en el de los recursos naturales; pero también esta posibilidad ha sido segada por el propio Estado: lo que antes fuimos como productores de granos se perdió a manos del TLC, así como hoy estamos por perder lo que pudimos haber sido con nuestros recursos energéticos a partir de una medida igualmente antipopular y antinacional.  

Desde el punto de vista estrictamente educativo, según la solución apuntada por la SEP. ¿Qué debemos entender por escuela de excelencia? ¿Que todo maestro urbano o rural dejará de ser formado en la orientación y métodos normalistas del siglo XIX, es decir, en un positivismo porfiriano sin bases teóricas como hasta ahora? ¿Que sabrá leer, escribir, manejar la lógica de las matemáticas de manera profesional, así como los recursos pedagógicos suficientes, incluidas las bases informáticas sin las cuales es imposible impartir hoy una educación que permita a quien la recibe abrirse paso en la vida? ¿Que de esta manera estará en condiciones de encausar a  sus alumnos para que puedan aprender a imaginar, a inventar, a buscar en el universo del saber y también a conocer de qué manera pueden enfrentar los problemas familiares, laborales, políticos y sexuales en caso de que deban abandonar las aulas antes de terminar la primaria o la secundaria?

La pedagogía del oprimido del brasileño Paulo Freire fue el libro de cabecera de quienes integramos la primera planta de maestros del Colegio de Ciencias y Humanidades de la UNAM. Hoy me parece tener mayor vigencia que entonces. Su principio de que nadie educa a nadie y de que educador y educando se educan entre sí, mediados por el mundo, es incuestionable. Si los maestros intentaran aprender de la realidad de sus alumnos –y de la suya propia–, aparte de tornarlos solidarios hacia los problemas que entraña se apremiarían a hacerlos suyos y a explicárselos mejor para compartir con ellos, en ese ejercicio dialógico de la pedagogía freiriana, la necesidad de resolverlos.

Si el gobierno no los ha resuelto con recursos ni con voluntad de solución, ¿estaría, ahora sí, en condiciones de aportar ambos para responder afirmativamente al cambio de fondo que requiere el modelo educativo del país? Eso equivaldría a una nueva e integral reforma educativa y a revisar las políticas públicas del gobierno relacionadas con la producción, el empleo, el salario, la distribución de la riqueza, la elevación del grado de lectura y de cultura en general y, en suma, la calidad de vida de los mexicanos. El tamaño de esta revisión y la consecuente puesta en práctica no se ven en el horizonte gubernamental del país.

Las universidades e instituciones públicas del nivel superior no han hecho un planteamiento global ni sistematizado para remontar la condición deprimida del país, no obstante resultar ellas mismas afectadas en su capacidad para atender la demanda de servicios educativos en sus aulas. Afectadas, hay que agregar, a pesar de la emigración, la gran deserción ya apuntada y el número de rechazados que no acceden, año con año, al nivel de enseñanza superior.

Saber y saber vivir y sobrevivir

Vuelvo a mi planteamiento inicial. Quienes aprenden a bien leer y escribir y a entender el cómo de los números se hallan capacitados para contar en el doble sentido de la palabra: entender y estructurar una narración y ejercitarse en el raciocinio de cuentas, cálculos y mediciones. En ambas operaciones entran en juego la imaginación y la inteligencia.

En el aprendizaje de las matemáticas, el juego con los números es fundamental. No es mera coincidencia que la reductio ad absurdum haya sido frecuentada por Lewis Carroll (el nom de plume que suplió al nombre de pila de Charles Lutwidge Dodgson), fotógrafo, teórico de la lógica matemática y escritor, en sus relatos clásicos: Alicia en el país de las maravillas y A través del espejo y lo que Alicia encontró allí.

La imaginación y el criterio. Sin estos dos componentes cualquier intento de aprendizaje fructífero será vano. No es preciso leer El criterio de  Jaime Balmes, esa ardua pero luminosa lectura, para concluir que el sentido común y su segunda potencia, el criterio, ambos parten del ejercicio de la imaginación y la inteligencia, la poderosa biga de las palabras. El lenguaje, lo he dicho en otra parte, es el ADN de la cultura y ésta, como síntesis de determinada experiencia humana perteneciente a una colectividad tiene por piedra angular los símbolos lingüísticos.

El Ministerio de Educación Nacional de Francia creó en 1988 una “comisión de reflexión sobre los contenidos de la enseñanza” en ese país. El sociólogo Pierre Bourdieux que la encabezó, junto a Francois Gros, el reconocido teórico del funcionamiento genético, al reflexionar sobre los cinco principios que esa comisión determinó como esenciales en el proceso educativo, considera que la transmisión de las diversas enseñanzas requieren de técnicas que, paradójicamente, no se emplean metódicamente: “uso del diccionario, utilización de abreviaturas, retórica de la comunicación, constitución de un fichero, creación de un índice, utilización de un fichero señaléctico o de un banco de datos,  preparación de un manuscrito, investigación documental, uso de instrumentos informáticos, lectura de tablas numéricas y de gráficas, etc.”7 Todas estas técnicas están vinculadas a la lectura.

Los egresados de las carreras profesionales, excepto la minoría mínima, maneja esas técnicas que debieran ser enseñadas, al tiempo de propiciar la lectura y la práctica lúdica de las matemáticas, a los educandos de la escuela básica mediante las adaptaciones correspondientes y fortalecerlas y pulirlas en los niveles medio, medio superior y superior. Sobre todo a sabiendas de que la deserción entre el nivel básico y el egreso del nivel superior deja un saldo de 95 por ciento del total inscrito en la escuela primaria.

La formación científica y tecnológica ha olvidado que la lectura de los clásicos de la historia, la filosofía y la literatura es imprescindible para el desarrollo de los futuros científicos y tecnológos. Este principio, que me parece fundamental, vale sobre todo para la enseñanza superior. Y más: es su principal condicionante.    Los demás conocimientos y destrezas se adquieren por la enseñanza posterior de otros o en los libros, pero entraña un impulso adicional que garantiza el aprendizaje continuo: la autodidaxia. Recuerdo la nota que precede a los Clásicos Jackson, edición donde participaron los humanistas en lengua castellana más destacados de los años cuarenta del siglo XX, entre ellos el mexicano Alfonso Reyes. En las primeras líneas del Propósito se lee: “Un gran pensador inglés dijo que ‘la verdadera universidad hoy son los libros’, y esta verdad, a pesar del desarrollo que han tenido las instituciones docentes, es en la actualidad más cierta que nunca.”

La necesidad de las humanidades y la crítica en la en la universidad latinoamericana

Si lo que propone este artículo se pudiera materializar desde los primeros años del nivel básico de la educación, los estudiantes que llegaren a la universidad sólo lo harían, no para salir a buscar trabajo, sino para inventar, según reza el principio aplicable a Harvard para sus estudiantes.8 Uno de ellos, Mark Zuckerberg, el inventor de Facebook, es el multimillonario más joven del mundo.

La invención, en el caso de los países de América Latina, no sólo tendría que ver con la tecnología, el mercado y la obsesión de volverse rico, sino con el cambio multidimensional de sus sociedades. Y este cambio sólo pueden hacerlo posible las humanidades y la crítica. No siempre la universidad ha respondido a estas dos características; en la de nuestros días, la tendencia a operar como una maquiladora de individuos con destrezas para reproducir rutinas intelectuales requeridas por el mercado o por la burocracia debe ser motivo de una reconversión so pena de servir de apoyo a proyectos de empobrecimiento humano y de la naturaleza. Es preciso instaurar en ella, a escala, el modelo de una sociedad que labora para hacer posible el sustento de sus necesidades elementales y las de su hábitat para mejorarlo; que también busca el acceso a la cultura y a su libre expresión,  al ejercicio de los derechos humanos y de la atención al punto de vista del otro; un complejo donde arte, ciencia y técnica se intercambian modos de operar a favor de un saber holístico que habilite a cada uno de los miembros de la comunidad a confrontar y debatir diversas visiones del mundo, como señala Miguel de la Torre Gamboa, para que cada quien entienda sus “diferencias y la legitimidad de sus convicciones… en términos de opciones de interpretación y de formas de vida y de pensamiento valiosas para todos, por más incompatibles que parezcan”.9

Es por ello que la universidad latinoamericana –de manera subrayada la universidad pública– siguiendo sus tradiciones en la transformación democrática de la educación superior y de la sociedad misma, está obligada a formar ingenieros humanistas y críticos, abogados humanistas y críticos, médicos humanistas y críticos, arquitecos humanistas y críticos, contadores humanistas y críticos, administradores humanistas y críticos, comunicólogos humanistas y críticos, etc.10 Una educación así impedirá que la deserción escolar no se prolongue en la deserción del país para ir a buscar condiciones de desarrollo profesional y de un mejor ingreso en los países económicamente poderosos y a los que no les costó formarlos. Tal éxodo también le implica al país una pérdida millonaria en recursos materiales y en posibilidades de avanzar en lo económico y en lo social. Con todo lo que entraña, éste debiera ser el principal compromiso de las instituciones de enseñanza superior –señaladamente de las universidades.

1. De esas realidades y de las de nuestra pobreza educativa da cuenta la propia Secretaría de Educación Pública, que ha llegado a pagar más de 14 millones de pesos por la comisión de errores en la elaboración de los libros oficiales de texto. (Ver la nota en la revista Proceso: http://www.proceso.com.mx/?p=348282, consultada el 5 de marzo de 2014.)

2. Gaceta Parlamentaria, LXII Legislativa, Cámara de Diputados, Número 3945-V, Año XVII, Palacio Legislativo de San Lázaro, miércoles 22 de enero de 2014.

3. Fernando Basto, Deserción escolar y conductas de riesgo en adolescentes, Secretaría Secretaría de Seguridad Pública, Subsecretaría de Prevención y Participación Ciudadana/Dirección de Prevención del Delito y Participación Ciudadana, México, 2011.

4. Fernando Vallejo, La virgen de los sicarios, ed. Alfaguara, México, 2002, pp. 121.

5. Gaceta Parlamentaria, loc. cit.

6. Información publicada por El Universal en la nota http://www.eluniversal.com.mx/primera-plana/2014/impreso/desercion-escolar-un-lastre-de-34-mmdp-44068.html, consultada el 4 de marzo de 2014.

7. Pierre Bourdiex, Capital cultural, escuela y espacio social, Siglo XXI Editores, México, 1997, pp. 129-144.

8. En la versión de Red social, el film de David Fincher, sobre los creadores de Facebook.

9. Miguel de la Torre Gamboa (ed.), “La universidad, institución milnaria en busca de sentido: la crítica y el humanismo como finalidades universitarias” en La Universidad que necesitamos. Reflexiones y debates, Juan Pablos Editor, México, 2013, p. 45.

10. La reforma universitaria de Córdoba y los movimientos por la autonomía y por la democratización de la universidad pública en nuestro país son ejemplos emblemáticos de esas tradiciones.